Poesía
Indicaron con el índice
acusador de tiempos pasados
un claro entre los castaños.
Excavaron como pudieron
interrumpiendo sus quehaceres.
Allí, en ese suelo pelado de vida,
se reunieron por fin.
Sus manos, fórceps pertinaces,
se introdujeron
en esa tierra,
y esta parió formas.
Estaba inquieta la tierra,
fuego que prende en la copa de un árbol,
trémula.
Habló en nombre de las infinitas formas nacidas inconexas,
quebradas.
Ataifor, jofaina, alcuza.
Verdiazulados pájaros panzudos brillaron
al contacto con las manos mojadas.
Entonces entendieron.
Miraron sus manos
ensangrentadas de vida;
también la tierra,
exhausta.
No eran leyendas antiguas.
Sara Madrigal Castro
Sara Madrigal Castro, Sevilla, 1983. Profesora de instituto. Historiadora. Persona que escribe ocasionalmente.