REVISTA CARACOL NOCTURNO
Poesía
biografía inmediata de un sujeto regresivo
Irquísque —aquí venía el hierro abriendo la carne— todo aquello era cierto:
augusto se levantó como recogiendo su ternura
—se retractaba, tiraba de ella al interior, la llevaba a la boca
cogía los brazos empujaba
la bajaba al estómago—
lucrecia quedaba difusa
caminaba hacia atrás augusto
hacía gestos como dislocados, de una locura estricta
—las extremidades le iban primero rápidas volvían luego serenas
caminaba desnivelándose, con el garbo que se debatía—
por qué hacía aquello no sabía nadie:
los espasmos de quien tiraba mal de una cuerda
la joroba frágil como insectos temblorosos
las lágrimas
movía la boca sin llegar al sonido
luego —debería haber sido a la vez pero fue luego—
luego lo proyectaba en retroceso, hacia dentro
—el amor le bajaba al intestino
la cuerda terminó tan pronto, tan poca—
siguió por las calzadas cerrado en sí
levantaba afectado el brazo, se
llevó la mano al vientre y eso lo hacía regresivo
—regresivo: regresivo en la regresividad: progresivo—
se despidió la puta y entró
se gimieron al otro, se vistieron al otro, saludaron y siguió a casa
(a quién estará dándose)
lucrecia llorando
(qué estará haciendo lucrecia)
la puerta acudió a su mano velozmente y entró de espaldas
acababa de llegar y qué era eso rojo en el suelo
—y lo que seguía
y la silla tirada a lo ancho del suelo
el jarrón roto—
se había sentado
las manos le fueron violentas a la cabeza
por qué del suelo le estaba subiendo un cuchillo
Poesía
Una niña de amarillo
Carla Nymansentada a los pies de una ola
nos olvida
tu nombre el mío
esto que no es
ni debe ser
ni ha sido
y la vida es más fuerte
como hacerla
con barbitúricos
enseña su monedero
no existe del todo y es azul
nos olvida
licencias ambiguas
y conoce la morfología de los pájaros
el recorrido del sol a todas horas
solo cuerpos detonados
que comienzan
en paz
como corriendo a los pies de una ola
abro las puertas de un salón de baile
Poesía
no hay azul y todo es grave
Rocío Simónno hay dulzura:
dormir con la sensación cálida en la frente
falta el azul
todo es grande
pero nada me suspende
vinieron los hombres y construyeron un techo sobre el mundo
estoy cansada
solo puedo ser breve:
esperar que un paño húmedo vaya de mis hombros hasta el centro de mi pecho
simultáneamente desde cada hombro
quiero elevarme en el aire sin interrupción
desde que no hay luz estamos
el mundo y yo
de gotas de rocío y restos de cemento
más allá del tejado
una columna flotante de mujeres que lloran en distintas direcciones
un suelo sin pavimentar en el que me tumbo
y miro al espejo de los poetas
y sé que he perdido la noción del sueño
aunque la nube blanca y circunferencial me mire
todo es grave
Poesía
Sueño
María LimónLa espalda arqueada
ante el peso de un ramo de dalias
que hace tiempo
dejaron de estar frescas.
Ni los niños
son capaces de aguantar
la carga que supone
una naturaleza muerta.
Poesía
La serie de la Edad del Dolor
Claudia CañoParte I
Primer Pensamiento: encerrado en una celda y acusado de corrupción, Thomas Wyatt intenta recordar los detalles del cuerpo de su amante, Ana Bolena.
ahora que no consigo
despegar la suciedad de mis labios
ahora que esta oscuridad se ha llevado
mis fuerzas el recuerdo la imagen
ahora confío
en la palabra como una letanía
digo
cuerpo cuerpo cuerpo cuerpo
y ni siquiera así consigo
llevarme tus manos
a la boca
Segundo Pensamiento: los rumores sobre la infertilidad de Ana Bolena se extienden y Thomas Wyatt teme por su vida.
si esto
es una mujer si es solo
un vientre que crece y se abulta
la esperanza de la descendencia
si la infertilidad es entonces
la forma más alta de traición
toma mis piernas mis labios
mis manos arranca
mis ojos y engendra
con ellos un hijo
si esto
es una mujer yo tampoco
deseo mi cuerpo de hombre
Tercer Pensamiento: aún en la Torre de Londres, Wyatt contempla finalmente la ejecución de Ana Bolena desde su ventana.
digo amor amor te mueres
no digo cómo sería si
mi amor muriese
no digo sublimar
la idea del amor
a través de la muerte
pienso a mi gran amor
le han cortado el cuello
y de mi cuerpo solo mana dolor
Parte II
Primera Carta: ya en la irrealidad del exilio, el poeta le escribe a su mejor amigo, Thomas Cromwell, preguntándole por el hogar.
Querido Thomas, en esta
habitación hay un lavabo,
un armario, y una cama;
los miro y me parecen extraños,
los toco y el recuerdo tiembla:
No es un hogar
sino la imagen
de un hogar.
Dime, Thomas, ¿también es ahora
Londres para ti un lugar extraño?
Segunda Carta: pasados varios meses, Wyatt desespera en su soledad, pero encuentra consuelo en las cartas de Thomas.
Tú nombras cosas sencillas.
Escribes: pájaro, hombre, casa.
Construyes con el idioma
de lo cotidiano una preciosa
cercanía, y de alguna forma
siento que mi tristeza acaricia
la tuya en esta distancia nuestra.
Pienso entonces que la vida
parece estar bien
con este dolor calmado.
Tercera Carta: tras un tiempo sin recibir noticias de Thomas, el poeta recibe una carta donde se exige su presencia en Londres, pues, acusado de traición, su amigo será ejecutado.
À mon seul désir
Yo solo deseo
creer que podrás salvarte
y que existe
en la frontera del tiempo
la posibilidad de un futuro juntos:
no vernos pero saber
que cuando ambos seamos ancianos
y ya no nos quede nada
mis cenizas se podrán mezclar
finalmente con las tuyas.
Poesía
Laberinto
Laura Rodríguez AparicioI
La cadencia de las olas,
en la orilla mi rostro intermitente,
arraigo tu recuerdo bajo mi arena.
Hoy me ha devorado el mar.
II
El mar me trajo de vuelta
a las sábanas oscuras
donde un día soñé
blancas velas para Egeo.
Pero yo morí en Creta.
Poesía
Kagutsuchi
José Luis FernándezLos peces nadan en el cielo de la noche.
Resplandecientes sus escamas circulando
se alejan y se acercan en estelas a los cuerpos
del otro tímido con labios que se rozan.
Un vigilante en la colina despoblada
siente en su alma el fluir de aquellos peces
y de puntillas la mano alza hasta tocar
la oscuridad del cielo en ondas y fundirse.
Acuario negro impenetrable, espacio amniótico,
cuerpo desnudo que no es cuerpo porque es todo
a la deriva ya flotando entre los peces,
enormes dioses que le ignoran o no ven.
Su luz en leche se deshace en las aletas
solares lágrimas que prueba como un dulce,
y sus pupilas acostumbran a la luz.
Allá en lo lejos otra luz llama su nombre.
Un eco, un eco, una memoria, un sueño,
una visión de otra olvidada al fondo,
un paisaje perdido que se pierde,
un rostro que se va difuminando,
algo que nunca es algo, que es anhelo.
Provienen de esa luminosidad
los peces como rocas de satélite.
La luz le llama por su nombre y eco
y palpita la llama de su hueco.
La luz redonda como el seno de una madre,
serena, aguarda al nadador intruso
quien observa su rostro como lo más armónico
que miraron sus ojos; quien observa su cuello
y el deseo de labios que se muerden
ante la emperatriz de cetro celestial.
En ella quiere introducirse todo
y morir y acabar como los peces.
La luna que no sangra le recibe
de columnas derruidas y cadencia,
guía del movimiento, haciendo suya
la corpórea llama que abrasaba
de golpe en golpe y ritmo
como un toro o un caballo en la piedra
y el canto primitivo de la fuente
gota a gota mugiendo.
Estalla culminante partiendo en dos la luna,
se desvanece hacia la nada que se abre
entre las dos mitades. Es todo luz:
un cuarto blanco solo e infinito.
Ya sé quién soy, y ya lo olvido.
Alguien dice mi austero nombre.
Mis ojos cerrados no se abren.
El frío agrieta mi cuerpo.
Los peces ya se apagan.
El aire me duele.
No sé quién soy.
He nacido.
Por qué.
Poesía
cumpleaños
Laura Rodríguez Díaznací en el mes
que precipita a los gorriones
recién nacidos
del nido
minutos de diminuta vida
aún sin plumas
vestidos solamente de carne
rosa limpia suave
a la espera de la hormiga del gusano
bajo un cielo que carga
con el calor de julio
Poesía
La soirée sous la lampe (Bonnard)
María Domínguez del CastilloEstá la mesa dispuesta
real tan solo porque
la ilumina una lámpara.
En ángulo imposible, o casi cenital,
acaso evocador de ángulos inciertos del postimpresionismo:
los boles, la vasija, los vasos, los cubiertos.
Una mujer cansada con ojos de tiempo y hastío
que ama tal vez otro cuerpo que piensa quizás otras manos
ilícitas. Al menos, para esas otras manos, proyectando
una sombra
vertical.
Y sueña con caudales de río buscando el mar
en un vestido verde que solo el ornamento
de lámpara acompaña:
es decir la luz o la salida, en cambio.
La sala está cerrada, es tan cerrada es
opaca amarillenta
no cálida, sino
fatigosa, oclusiva frente al rostro
febril de ese marido
que mira y si la mira
lanza desde cada ojo,
certero, un alfiler
que cruza que clava que deja
sujeto quieto el rostro
un rostro de mujer
al lienzo, ligeramente
torcido de tanta pintura
del peso del mejunje del ruido del lenguaje
Al fondo una ventana diminuta
permanece cerrada.
Poesía
Paseo por el Támesis
Juan Gallego BenotNo quedan el fulgor y la belleza
era el sábado hace unos años
a la salida del cine
junto a mí
el río saltando, precavido, repitiendo
los diálogos para la figura invisible
en tu boca inventada
ponía las palabras más dulces
y dejaba para mí el cínico heroísmo
el vuelco de la mirada
la tentación irresistible
qué triste se vería mi cuerpo
vadeando el reflejo del río sucio
bajito lamentable
nada cínico nada heroico
paseo por el Támesis ahora
no quedan el fulgor ni la belleza
qué paz ahora qué rápida materia
qué lástima visible qué imaginación
cercenada podrida
no hay reflejo no hay
proyección
solo limpia irreflecta tristeza
llamo madurez a todo esto
Poesía
Si nosotros decidiéramos estallar
Paula Melchoren mil grandes soles
de corazón y tenue eco
(oscilantes
extremidades amarillas
salvajes cuerpos de calor),
no seríamos más distintos
de lo que ahora muestra
nuestra identidad de niño.
Elegimos esta forma
sobre cualquier otra
–por encima del caracol,
el cardo,
¡el abejorro y el gorrión!–
para poder sumergir
la cabeza en la alberca,
para poder
sorber del brazo el zumo
de la Sandía y el Melón
y perseguir ranas
tras las cumbres de los juncos.
Amar al prójimo es muy fácil desde aquí,
desde tan cerca
de la tierra y el otro.
Que mis lágrimas
saben como sus lágrimas,
su pelo es mi pelo,
sus piernas, mis piernas,
lo empezamos a comprender muy pronto.
Poesía
180, 62 kg, tonificado
Gabriel Baldoy OrduñaUn cuerpo rendido bajo el peso
del metal, un cuerpo rendido,
demasiado sucio,
un avergonzante y sucio
sin ningún rincón
para descansar,
para lamer la huella hendida
por los dedos, el recuerdo,
o reconstruir el rostro.
Imposible acercar las palmas,
reposar la frente culpable,
sosegar los labios solo
para murmurar
qué pureza en esta desnudez.
Poesía
De cuando mi perra tuvo 9 cachorros
Lucía FerreLa mancha que deja una placenta en el suelo
es la forma que tiene un animal de decir herencia.
Una perra pariendo huele a gasolina.
La mancha que deja mi útero en el colchón
es la forma que tiene mi cuerpo de decir hoy tampoco.
Una perra en celo es un cordón desatado.
La mancha que deja una píldora antipulgas en la lengua
es la forma que tiene un veterinario de decir familia numerosa.
Una perra pariendo suena como una mujer a cuatro patas.
Poesía
Declina el Sol
Enrique Fuenteblancay recuerdo la tristeza
que se ha dilatado
a lo largo de los años.
Le hablo
(o imagino hablarle)
a quien le dio fuego a mi incendio
para decirle que la piel ha sido
el lugar que me ha salvado,
que aun hecha jirones
sigo amando cada casa que no se cierra
y los árboles que un día desaparecieron.
Poesía
Huándgi
Sara Ruiz-HenestrosaAntes del amanecer el emperador friega
por última vez con jabón de jazmín
su cuerpo fatigado, convertido en
reliquia inútil, en animal extraño.
Está perdiendo la vista, se mira
las manos, se las lleva al cielo
de la boca y llora como lo haría
un bebé destetado.
El médico lo envuelve en las mismas
mantas floridas donde murió su madre,
sus hijos se acercan a aquel desfile
de bisturís, y todos murmullan como
cerezos sacudidos por un aire espeso.
Solo uno de ellos clava su mirada
en el viejo con una recia solemnidad,
y le susurra al oído:
Abre bien los ojos,
no volverán a verte morir.
Son las siete menos cuarto,
los niños quieren desayunar, y
los periódicos dicen que
acaba una dinastía en Pekín.
Poesía
Mi dedo en tu axila
Alejandro Marínno se mueve
porque es intimidad
no siento el nervio
ni el pulso
no tengo miedo
estoy en la cruz
y escucho tu voz galopar
a mi espalda
nace un niño en Lesbos
mientras nos escondemos
en casa de mi abuela
y te cuento lo que ella
me contaba
antes de saber de ti
el mercurio como mineral
como herramienta
nuestro deseo como signo
del fracaso de la evolución
anular un rito
decir este eucalipto
es mi vientre
y fecundarlo.
Poesía
Rizoma
Narciso RaffoQue no hay amor sino necesidad
de una herida por sanar. No
hay hijo: hay
dolor de nervios inflamados. No
hay casa sino descanso
de la luz. Ni hay
idioma sino conjunto
de silencios señalando
una misma desnudez.
Poesía
Ocultaron la verdad
David Roldán EugenioEn homenaje a la película Muerte de un ciclista
de un jovencísimo Bardem,
moría el otro día un deportista al borde de la carretera.
A la mañana siguiente
un rebaño de ovejas que frecuentaba el pasto limítrofe
cubrió su bicicleta como a la reliquia de un santo.
Nadie debe saber que está allí.
Y así, tal vez, funciona con el resto de las cosas:
acontecen desgracias y con ellas se dispara la propiedad privada.
Poesía
Duele
Dafne BenjumeaNo duele
sabes que a pasar la hoja
aletearán los sonidos de un cambio posible
seguirás leyendo (en alto) por la palabra «cocodrilo»
No temerás a la deshonra de las mudas
(ni de noche): vendrás como siempre a persuadirme
Ahora bien
una gacela duerme y en su sueño
se deshacen los pasitos (tiembla el lomo)
Si llueve el bosque si las rutas se amontonan
y un infinito crujir de ramas tambalea tus ideas
¿qué harás? ¿cómo recubrirse de silencio?
Mientras tanto derrocas a la luna (no por luna sí por lejos)
por su debido esperar de agua su imprecisión de astro
microrroturas de un momento
antes de agitarse las semillas del arce oscuro que crece lento
dentro de ti
Pues no duele
Poco
o nada
te seduce:
rompen placas
tectónicas (separas labios)
Sabes que a pasar la hoja
aletearán los sonidos de un cambio posible
Poesía
Se escuchan las conversaciones solapadas de las enfermeras
Juan José Ruiz Bellidotriviales en el pasillo
el sonido del latido fetal en las salas de monitorización de las gestantes es parecido al
ruido de fondo
de los televisores
hemos comenzado un diálogo silencioso
interrumpido por cada contracción y cada subida del ritmo cardiaco prenatal
como una nieve blanca cae lentamente sobre nosotros.
Poesía
Segundo poema para un abanico
Juan F. RiveroQué bellísimo amor:
la alegre suavidad de denegarle el fruto,
de preservar la tersura en la risa y el cuerpo,
de dormir abrazados, solos,
sin la vida apremiando a la carne preciosa.
Hay algo hermoso y limpio en quemar estos días
como si fuesen torres de papel.
Poesía
Huele a sangre
Alfredo F. CrespoMamá limpia pescado con la fuerza que se le presupone a un vendaval
Llora y no hay cebollas
Dedos escamados en sangre propia de ojos de pez muerto
Olor a lactancia
Mamá llora porque la comida no va a saber bien
coge el pan y pon la mesa