Poesía
Hijo mío, Telémaco de mí, metáfora caliente que no cesa y moviliza el sol de los fragmentos. Como si sostuvieses todo en tus veinticuatro costillas y sobre ellas aleteara el esternón. Varias son verdaderas pero, ¿qué significa la palabra verdad, su condición de cartílago que no puede auscultarse? Debo poder decirla en tu tormenta, la galopante estatura que me excede.
Y siguen sucediéndote costillas. Algunas son flotantes, igual que flotas tú cuando logro soltar lo correoso, lo reo en la carilla articular porque ambos exudamos el lenguaje aunque sea tropezando en cada códice, pegajoso el talón en cada códice. He mojado en placenta los dedos con que escribo. Tú lo has de saber, me viste pronto, habría querido lamerte entero en el momento en que naciste, arrancado de urgencia a una caja de cristal que golpeaba la luz.
Pensaron que correspondías al reino de lo diferido. ¿Estaban obligadas tus costillas a saber, incluso desde antes, que los pulmones no habían madurado? Se dice madurar los pulmones, se dice desazón, incandescencia, la lámpara encendida sobre ti. Conté entonces 24 de 7, la tarea imperiosa de la vida que no puede apagarse en ningún dispositivo. Desde su acá, tu sangre me recorre y moviliza el sol de los fragmentos. Eres eso que masco y me conduce, la pieza de metal que dirige a las yeguas.
Telémaco, regálame tu nombre y yo te arrancaré la expiación, el mandato de ser y de acallarme. Mi abovedado claustro en la matriz, voy y vuelvo desde ella a componerte: a ambos nos incumbe por igual, hijo mío de mí. Parecería que ha sido al revés, que te he portado en las escasísimas 32 semanas en que fui un ser andrógino y perfecto pero no puedo recordarlo de ese modo. Me unges de tu ser, me constituyes. Y en este amor extremo e inaccesible, te pido que me llames la que lucha a distancia.
Ninguno de los dos guarda silencio, a veces nos gritamos, habremos de venir de planetas distantes, desconozco el nombre de tu constelación, tal vez seas Pegaso o la nave de Argo mientras buscaba el vellocino de oro. No sé cómo me llamo si no estás. Tu altura rivaliza con la mía. Sin embargo nada he de reprocharte, no era tuya la orden de silencio aunque canten su asfixia todos los expedientes, la vida en su violencia empecinada, esa caja torácica y caliente que no cesa. Sé que soy tu esqueleto como tú eres el mío, esa caja caliente que no cesa.
Insisto en que me llames la que lucha a distancia. ¿Distancia de los tantos legajos, la larga espera de los relatos épicos? ¿Distancia de tu primer cigarrillo a escondidas, de la masturbación que te sorprende? Dicen que estuvimos esperando veinte años pero yo solo recuerdo cuarenta días en el hospital, la sonda nasogástrica, el microclima atroz de neonatología, tu piel tan delgada que un soplo de mi propia respiración podía desollarte, mi pequeño Telémaco de un kilo trescientos, las uñas sin formar, el pulmón inmaduro. El riesgo en tus retinas, el colapso de uno de los hemisferios cerebrales, la doble hernia inguinal de un abdomen que no supo sostenerte. Y una portilla de acceso hasta ti que solo permitía mi temblor. Telémaco de antes, de ese entonces, mi prematuro casi transparente.
¿No podían escucharse mis gritos? Aullaba como si me hubieran arrancado la lengua y los dos brazos (con ellos quería sostenerte) pero solo se oían los parámetros de humedad, oxígeno y temperatura. El latido metálico en la máquina. Tu corazón y el mío, empobrecidos, la máquina latiendo por los dos. En la turbina, en el depósito de agua, en la señal eléctrica 24 de 7 porque la vida no puede apagarse, ni antes ni ahora, en ningún dispositivo. Saltarían las alarmas y yo era ciega y sorda en el temblor, en el temor de ti, este amor desollado. Hijo desamparado de la madre, madre desamparada de Telémaco. Monitoreo y control en cada flujo, el humidificador en la frontera misma de las lágrimas.
¿Tenías los puños apretados para que no viese que te faltaban las uñas? ¿Me evitabas así ese dolor? ¿O era porque habías apretado un pedacito de tierra en el útero y no querías soltarla tan pronto? Exudábamos miedo como quien exuda el lenguaje. Entonces sí era muda, aunque luego haya olvidado que temblé. Aunque luego nos gritemos consternados cuando la ley escupe su carnaza, la madrugadora canción del desconcierto.
Pero si cuidamos la madre del vinagre o la sidra, la madre del timón y el tajamar o la madre de un río y de un arroyo —el río «Cuerpo de hombre» en que ambos nadamos y reímos—, ¿cómo ibas a pedir que me callara? Si olían a tabaco tus nudillos y yo pedía vuelo (o vuelco) hacia lo propio. Si ambos somos tiempo y somos tierra.
Cuando gesté, hablé contra la muerte. Cuando estuve grávida la tierra me llamaba a su abajo, a tenderme sobre ella y esperarte, aplastada en tu deseo de nacer. Mis costillas aplastadas, los riñones despiertos y aplastados. Vendrías con tu deseo de nacer. Grávida y encinta, ¿de qué cinta? ¿La línea del cordón sobre nosotros, a veces sorprendido contra el cuello? ¿Es que no me ceñías también tú? Incluso después de esa primera amputación de ti, se suceden los cortes del cordón pero siempre se regenera en lo invisible, es el primer animal invisible en lo visible. Gravedad y verdad han de quererse. Por eso, regálame tu nombre, he de ir a luchar a distancia porque yo también he perdido a los míos y debo marchar y retornar, caminar (y caer) sobre el cordón tensado e invisible.
Cordel suavísimo que llamas cuerda floja. ¿Pero no es la más tensa y así logra resistir tanto peso? ¿La que aferra y desata nuestras manos? ¿No estoy tejiendo siempre cordón umbilical? Esa línea de sangre nos reúne. Nos muerde y acaricia y se derrama porque habla siempre en todos los acentos. Cuando dices cuerda floja brilla tu adolescencia en la sonrisa metálica, algo herida, que disciplina deseos y dientes. Esa raya que asalta el cuaderno escolar y sostiene un amor imperfecto y hermoso de 24/7, hijo mío, Telémaco de mí.
Cortocircuito alegre que no cesa.
Mascarón entregado a la ventisca que moviliza el sol de los fragmentos.
María Ángeles Pérez López
María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967). Poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca. Antologías de su poesía han sido editadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey, Bogotá y Lima. También, de modo bilingüe, en Italia y Portugal. Su libro Carnalidad del frío ha sido publicado en edición bilingüe en Brasil y Estados Unidos. Incendio mineral (Vaso Roto, 2021) recibió el Premio Nacional de la Crítica en 2022. Libro mediterráneo de los muertos (Pre-textos, 2023) ha resultado ganador del último Premio Margarita Hierro (Fundación José Hierro). Forma parte de la Asociación Genialogías, volcada en reconocer el legado de las poetas. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, honoraria de la Academia Nicaragüense, hija adoptiva de Fontiveros y miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros, el pueblo natal de San Juan de la Cruz. Es madre de dos hijos. Le acompaña la perplejidad.