Poesía
La genuflexión de los cuerpos sin rostro hacia el cetro germinó la génesis de la consciencia. La formación de una construcción de marcas de piedra en el lienzo del malforme. Todas las estrellas fugaces de las Perseidas talladas a fuego y fuerza en su piel hasta cubrir los cuerpos de estaño, lágrimas y óxido para formar una frontera entre ellos y los lobos con dos cuerpos y una cabeza. El aditamento de la articulación de la unión de ambas palmas de las manos en señal de súplica al beso al anillo del tirano sin piel supuso el fortalecimiento de aquel peltre que servía de asegurador de su profusión. La división atomística del hormiguero en forma de espiral. Las habitaciones propias que jamás hubieran podido compartirse por la intransigencia robusta de la madera que golpea la sacrílega aleación de los fluidos y abluciona el deseo. La disección de la identidad: experimento de crueldad y cable y bisturí. La lobotomía de todos los órganos vitales de la evocación. La invención de asechanzas para hacer creer a la negra magnolia de vientre abierto la posibilidad de piel del disfraz de margarita. El aceite hirviendo. La cartografía del deseo de los cuerpos en anacrusa con el latido exacto de lo transitable para su moldeo, practicada desde el alumbramiento del heresiarca cuya mirada se desviaba del ángulo exacto de la docilidad impuesta con zarcillos, como la de los perros que nunca llegaron a ser salvajes. La hoguera. La verdad unívoca que se acabó demostrando execrable y fue finalmente condenada a la proscripción y el sepelio. Perjuraron encomios lisonjeros antes de detonar la bomba sobre las ortigas, los caminos, los helechos. Penínsulas, caminos, marismas: fábricas, carreteras, imperios. El aceite de ricino. Florearon su epidermis con hierro ardiente. Perfeccionaron la técnica de la cinegética y mandaron a perros hambrientos sin ojos a buscar entre los descampados guiados por el olor de naipes manchados. Clavaron las estacas y estas se tornaron cuerpo. Las heridas profundas fueron hechas con cuchillos dentados para que así se desgarrara la piel. La pleitesía y la clemencia suplicada en vano. El pago del diezmo. El retraimiento de las multitudes que clamaban en busca del noúmeno brillante. La incorporeidad de las decisiones se mostró con el conflicto. No existía la belleza, sino la inverosimilitud de la batalla entre los dos extremos asimétricos separados por el rayano; quién hubiera podido creer que aún, aún nos viéramos en ella. La mirada caritativa de la pupila negra de oro cubierta. Los labios marcados por cada beso dado a los anillos del sátrapa. Los empellones; la horca.
Alejandro Gómez Masdeu
Alejandro Gómez Masdeu (2002). Sin obra publicada, estudia el Grado en Filosofía (UCM) y en Filología Hispánica (UNED). Ha sido finalista del VI Premio Valparaíso de Poesía y del I Premio de proyectos de poesía En el mar. Ha publicado algunos de sus poemas en la revista internacional de poesía Casapaís.