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Poesía

Soy anatomopatológico

Quieren las morgues derretir el aire para que todos los perfumes sean líquidos

y yo soy porcentualmente líquido

estoy muerto, y estamos vivos.

Toda presencia es inalcanzable.

Giro alrededor de una columna que en su orificio sostiene una apófisis atlantoide. Una puerta y también un isótopo del tecnecio, o una guirnalda verde y sostenida. Jebel Ouanoukrim se erige con la nieve en mi cabello de queratina y cobre su contorno. O mejor: soy de estaño.

Dentro de mí mismo existe un antro donde los peces beben, donde los peces quieren, donde las heces hieren, donde las emes temen. Él es un animal que no tiene miedo. Un manatí rosado. Mentí y mentiría de nuevo porque dentro de nosotros mismos existe un ácido y una bomba de potasio. Vivo junto con el eritrocito más anciano de la historia. No sé lo que puede un cuerpo. No sé nada sobre su geografía. No sé sobre dialéctica y, sin embargo, mi mucina es una antítesis de un dolor urente o un urotelio. Hiero. Hielo. Algo ajeno a las nociones de Hegel. Fiero amasijo de masilla y son mis cilios con los que escucho tu insistente voz, tu fructuosa voz, tu fructosa hoz que hoy dice: he subido esta montaña para presenciar la totalidad de tu pelaje.

Y yo soy porcentualmente temeroso.

Y también bastante peludo

como una gacela, o una anguila

la electricidad estática contrae las fibras de los vastos

los mediales, los laterales y todos los cortes anatómicos: los sagitarios. Abisales los haces de los rapes. Te arropo. Existe en mí un miedo y existe en nosotros un lenguaje interno. Y existe también un juego y habita en él un fuego externo. Una fantasía. Que si soy pitagórico es porque los números, porque los alfabetos, porque los teoremas tienen vida y son eternos. Porque los poemas son anatomopatológicos. O una vacuola de galactomanano. Porcentualmente eterno. Si existe una vida geológica entonces existen las vidas no pronunciadas. Se han posado todos los pájaros estrellados. En el epitelio celeste dibujan los ancestros sus mitologemas. Todas las células que conozco desean algo. Y nosotros que hemos crecido más allá de los límites y entendemos los nombres de los carcinomas y nos filtramos a través de las viscosidades de la linfa, no conocemos la apoptosis. Ptosis palpebral. Además de líquido está hecho de papiro. Siempre que caigo a tus pies soy de hierba. Noesis sobre el interior de tus intenciones. Tan solo afuera el epitelio es escamoso estratificado. Lo intento. Lo intentamos. Quedo mudo. No es isquemia sobre el exterior de tus gacelas porque han desaparecido del mundo todas las praderas. Eres un pelaje. Y yo lo intento. Sigues y sigues creciendo, y no piensas detenerte. Eres tan arrogante. Tan licuefactivo.

Y yo soy licuefactivo y estoy inmerso en una morgue, y estoy preso en una corte. En ocasiones si me enfado, grito. Y estoy vivo y estoy quieto. Y mi ascitis es del olor de las cosas verdes. Soy una doncella y soy enano, pero sobre todo soy de hierba y no tengo ninguna herencia autosómica recesiva,

sí la pestilencia

y la posibilidad de contraer una mediastinitis

soy mediano.

Giro y giramos sobre la punta de nuestros dedos, de puntillas intento esclarecer que soy el monte de una cordillera. Vivo en una falla donde el caldo de cultivo primario se replica. Yo, en cambio, suplico. Como un mulo vivo estéril, mi semen está hecho de polillas. Y existe en ti un miedo. Y existe en ti un anclaje. Estamos tectónicos porque han fracturado los radios las tibia y todas las circunferencias. Mi rodilla se sostiene sobre un accidente geométrico. Mi discurso se sostiene sobre un accidente geológico. También puedo contraer la eternidad. Tengo la misma edad que esa roca. Soy un número arábigo. Siempre tiendo a infinito. Todas mis partes reales son igual a cero: igual de complejo que de imaginario.

Y además de ser anatomopatológico: soy izquierdo.

Todas mis estructuras y mis hazañas, todas mis bromas son innatas. Es porque nací con discrasias sanguíneas. Algo así como: temperamental, flemático, feo. Mi tejido nunca fue monógamo. Necesito que fotografíes el corazón. Tiene razón el calcio y estoy constrictivo. Una serpiente sorda o un sordo dolor de hayas. Coordinamos lo insuficiente. Quieren las morgues nuestro lenguaje. Quiero ser tu doncella, que escupas dentro de mi boca. Y si viviera de puntillas. Y si fuera absolutamente izquierdo. Y si un eritrocito enucleado contuviese aún la información genética: un mapa. Y si ese mapa nos hiciera rotar sobre nosotros mismos: tú, un nuevo planeta. Y yo giraría: giraría sobre mí mismo: encendido una estrella: para guiarte hacia mí.

Pero la gravedad no permite que tus barcas vuelen y que el oxígeno se pierda más allá de la atmósfera. Lo vertical supone un esfuerzo. Durmiente. El amor supone un esfuerzo. Duraznos. El amor es algo parecido al oxígeno. Me refiero: debería ser respirable. Azerí.

Porque existen gases anestésicos y existen las ballenas, deducimos que el océano es porcentualmente mítico. Presumiblemente sísmico.

Un corte sagitario y un borde extraordinario.

Una asíntota hacia la que siempre dirige un arquero la semiosis. Acabas de involucrar a los signos del zodiaco porque existen gases sinestésicos.

Cinestesia: algo de todo esto parece vibrante. Y las comparaciones y las manzanas verdes, olorosas. Porque alguien ha teñido nuestras muestras encontrando bacterias intracelulares. Son huecas las muecas. Y yo soy porcentualmente un océano. Vivo en mí mismo. Y soy comida y somos de agua. Ácimo: sin herradura.

Si lo piensas con atención, reparáras en que solo existe un océano

un único océano conectado

y tan solo tienes un órgano vital

un pronombre por ejemplo posesivo

otro hombre por ejemplo desiderativo

todavía te espero desnudo en la cama y mi semen infértil y nuestras estructuras óseas y todas mis lecturas y mi cráneo en sal y pimienta: tienen miedo de que la luz permita observar algo. Si pareciéramos dispersos: humorales.

El contoneo.

Mi laringe es un toro y conoce el maullido.

El cancaneo.

Estoy masturbándome en mi amnios.

El cacareo.

Amanezco, o eso creo ahora que entiendo la temperatura.

Un corzo y un reo.

Tengo anemia en mi soldadura de bronce.

Cabalgo protegido por un conjuro

estoy desquiciado

estoy exquisito.

¿Por qué?

¿Por qué la belleza no es proporcional al deseo?

Los ventrículos y las aurículas son feas

y cartilaginosas. La asimetría asusta

y para colmo somos sobrenaturales.

El simple hecho de que un hermano asesinara a otro y de que las células se alimentaran de mitocondrias y que las mitocondrias contuvieran una enciclopedia absolutamente antigua es magia. Y tu laringe una hormiga roja. Todo lo rodeo. Tengo algo de grasa. Tengo el deseo de hacer desaparecer las adiposidades. Tengo a Teseo. Las obviedades. Los giros tortuosos, las roturas de menisco, las banalidades, las gasas. El deseo de desaparecer. Las brasas del esclarecer. Pesando lo mismo que un pájaro. Estoy espeso, aunque algo en mí fuera espuma. Hay algo en mí que parece predecible cada vez que escribo. O que arbitro. O cuando canto con las manos. O en cada ocasión que ocupo la geografía de otra carne.

Estoy dispuesto a odiar.

Estoy proponiendo una teología inconcreta. Estoy puesto por azar. Intocado el intestino grueso. Estoy dispuesto a suplicar otra bofetada. Suplico. Su pico de pizarra. Y el eclipse.

Soy anatomopatológico, o también una estrella in-constelada. Los brazos: inermes. Hermética y marismas ¿dónde? donde digas «diente». No formo parte de ninguna historia hermosa. Nadie lo articula. Cloqueo. Gorgojos. Grageas. Orfeo: viviría en un sueño. Sin embargo, vivo en un idioma.

En los idiomas elementales son necesarias las palabras,

pero es cierto que cuando tuerzo

cuando alguien consiente la traslación de un rito

porque adora el verano y yo contengo para sí la energía

y porque gracias al calor de mi cristalino

brotan entre los pelos de los lindos las hiedras.

Pero es cierto que cuando venzo o cuando lloro

y todas mis terminaciones nerviosas se activan gracias a un beso

de puntillas: articulo: cloqueo el astrágalo con el calcáneo

y cuando pienso en detener el ritmo y calcifico sus caderas

o cuando gemimos o cuando como cualquier sustancia vegetal

o como cuando muerdo un objeto de poliéster y mi páncreas actúa

y artimaña o cuando el cloro atraviesa la membrana

y rompe el himen del cáliz de nuestros propios riñones

cuando se idiomatiza el eje: renina-angiotensina-aldosterona

o cuando bebo de tu orina o cuando mis nalgas se amoratan

es cierto que son necesarias algunas de las palabras.

No puedes verlo porque soy de cristal.

Tengo un tamiz coloreado.

Mezclo lo apodíctico con mis dudas. Encerré una certeza hasta que murió de pena. Ya no canta el periquito. Y el cristal corta las crisálidas. Ya no plantan la nena y la oruga y la seda. De cisplatino y queroseno está hecho este vestido. Mi movimiento es seudópodo y cuando escucho al perfume sé

que estoy muerto, y estoy vivo.

Y que yo soy porcentualmente el cielo mírame yo

soy porcentualmente gaseoso

mírame estoy aquí solo para decirte

que estoy hecho de niebla.

Rodrigo García Marina

Rodrigo García Marina nació en Madrid en 1996. Ha publicado La caricia de las amapolas (2015), Aureus (2017), Edad (2019), El libro de los arquitectos (2020) y Desear la casa (2021).