Poesía
[…]
sé que me mira como yo puedo escucharla
antes de irse entrega unas llaves que flotan
se va a perseguir el capricho de copiar el rostro coronado
de sol alguien vendría algún animal
a las molduras del pórtico cerrado a los relieves de bocas entreabiertas
a poner sus huevos
ha atravesado el confín de la pradera hacia dentro
lleva reliquias de metales bárbaros en cada brazo lechoso
viene marcada de púrpura
los ojos en la madera agujeros muy pequeños
y muy llenos la reconocen juzgan su cautela
ha atravesado el fondo laxo la burbuja frágil
sus dedos se deslizan de planta en planta recogiendo la savia
y la salitre y la calima hollando la maleza en su caricia
es una estación sin animales que sí poblaron cuando había
las arañas dormidas van parpadeando dentro
nadie dormía todas estaban atentas mucho tiempo
no tiene miedo las conoce
tal vez cambiaron cuando se derrumbó la cúpula
desde el otro país oyó noticias los cristales que formaban el bendito rostro
barridos como arena a través de los salones
sigue la alfombra de hongos parpadean venenosos y simpáticos
ha tenido a bien y está descalza y las pocas criaturas la van reconociendo
primero la caliza los estambres caídos los saquitos rasgados en montañas
que no sirven de mucho
el bendito rostro más adentro el otro
también parpadea en la piedra y emite luz
diurnos y nocturnos se aproximan ya nada en el lugar la reverencia
ni se rinde las pocas criaturas han plantado madrigueras y diademas
y tienen sus propias reinas
le llegan de ventanas rotas los primeros olores del otro lado
¿qué es lo opuesto
al olor a cripta?
viene sola creyendo
que bastará abrir las ventanas cantar un poco
marchó y llega con un oficio
quiere erguir los pesados tablones ofrecer
compasiva dulce creía
marchó y llega con el gran lugar
con metales por el cuerpo
cubierta de grava de perlas de perfumes
cubierta de polvo creyó que ahora podría entregar la saeta
los restos de la herida al pan de oro
antes de entrar porque piensa sepulcros se cubre la cabeza
las pocas criaturas ladran los dichos familiares
pequeña se arrodilla posa sus corazas al suelo
se deja lamer y mordisquear los brazos las fieras la conocen
huelen a haber abrevado en charcos sin lluvia
olfatean los restos del agua sagrada del óleo
buscan lenguaraces topar carne
rasgan el morral enjoyado se derrama
festejan atacando el papel los lomos las cubiertas
lloran buscan de nuevo sus brazos ella suspira
dejándose morder
despierta entera los aullidos
si alguno de los astros se moviera sería de noche
si algún retrato amigo la llamara
doce bocas
quizá doce
se susurra la arrastraron de nuevo al pie
sus metales tan benditos desperdigados los recoge
recorre las bellas cornisas los rostros que intuye en las ventanas
proyectados los arcos que guían los aromas por los pasillos
aún no se acostumbra al aire fresco
se compone recoge los tesoros como puede
abandona el llanto hambriento de las fieras
la linde de mofetas tiernas y los conejos
que ya van recordando y van saliendo
piensa que abrirá las acequias que tal vez así salga
más la luz
Andrea Abello
Andrea Abello (Mieres, 1997) realiza su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid sobre la poesía de H. D. Ha publicado el poemario Duende (Ultramarinos, 2021).