Poesía
Me dicen que me limpie el rojo que tengo entre las piernas, que parece que aúllo, que sucia cuando trato de recomponerme la falda, de alisar sobre mi pecho una cabeza de faisán dibujada en la ropa, me dicen: así nadie te va a querer, y no saben que el desastre es otro, es no poder reconocerse en la belleza de lo frágil, es hacer un ramo con flores de plástico o construir el placer con restos de mugre. Hay tajos que estaban allí antes de que yo llegara y quien pone piedras sobre mi sien nunca ha hecho del tacto su vuelo ni ha sangrado sobre la mesa, dejad que yo reconozca mi corteza y enjugue con avidez la pus del hijo que no engendraré, ¿no veis que tengo miedo de quedarme rezagada, de que mi pelaje entienda la esclavitud? Ahora doy vueltas a la circunferencia y a veces me escondo a cuatro patas entre los matorrales, allí agazapada lamo mi sangre cuento un secreto: hay niñas que saltan con fiereza sobre las sábanas de sus padres y les hacen el amor para reclamar todo lo que es suyo, niñas que matan a golpes a sus hermanas para ser ellas la hija única, después, todavía exhaustas, aniquilan gladiolos en la primavera y buscan la cama con el dobladillo perfecto para hacerse pis encima, y qué esperabas si cada vez es más difícil distinguir entre la voz y el eco, si la huella retuerce el rostro y la seda rosa desgarra la frente en sus pliegues amoratados, qué esperas si hasta un hijo te pueden quitar si a plena luz del día, la cuerda.
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No hay certeza, aunque las flores se empeñen en ser ellas mismas a ti no te basta tu fertilidad para sostener lo derruido, un vientre hueco no debería ser la medida, como tampoco deberían las brasas anestesiar el pálido, pálido, himen.
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Un resto de sangre es un grito que es un territorio de conquista que es un templo.
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Cuando cada mes llega la hemorragia febrilmente escupo y soy la saliva en el rezo, soy los dedos que tocan y ahondan y la caricia misma, un flujo irguiéndose como animal sangrante, de las tormentas entiendo el remolino que refleja el violento juego de las estaciones, de los espacios vacíos, el breve milagro de existir, una mancha apenas.
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Decían los hombres antiguos, desde el púlpito expoliado, que el flujo menstrual tornaba las cosechas yermas, volvía agrio el vino y hacía a las abejas morir, decían todo esto y acto seguido castigaban el cauce y dibujaban con sus cuchillas el contorno del dominio. ¿Intuían ellos que las abejas susurran o que es posible dilatar la señal, tensar la víscera sobre el altar dorado? ¿Intuían que el peso de la sutura no permanece para siempre? Ahora chillo mi asombro como chillan las liebres al borde de la carretera, y acudo al estanque con mi vestido blanco levantado hasta la cintura, allí con mi perlada sangre derramada sobre la hierba espesa aniquilo las plagas y canto mi estigma, no como voznan los cisnes justo antes de la muerte, sino con la boca en vilo, anhelando la caricia de mis hermanas, su alegre insurrección.
(de La fisura entra por las manos)
Patricia Figuero Correa
Patricia nació en Madrid y vive en La Palma desde hace más de 7 años. Allí coordina diferentes espacios de lectura: La cabaña existe, El cuarto inagotable y Un bosque propio (primer club de lectura feminista de la isla) y dirige el ciclo de poesía & performance Nombrarse volcán y el festival del mismo nombre. Patricia ha escrito y estrenado las piezas teatrales La isla existe, Que alguien llame a una de esas mujeres, Eres un buen momento para morirme y Fisura, creada a partir de un poema de su libro La fisura entra por las manos (Libero Editorial, 2022).