Poesía
Los peces nadan en el cielo de la noche.
Resplandecientes sus escamas circulando
se alejan y se acercan en estelas a los cuerpos
del otro tímido con labios que se rozan.
Un vigilante en la colina despoblada
siente en su alma el fluir de aquellos peces
y de puntillas la mano alza hasta tocar
la oscuridad del cielo en ondas y fundirse.
Acuario negro impenetrable, espacio amniótico,
cuerpo desnudo que no es cuerpo porque es todo
a la deriva ya flotando entre los peces,
enormes dioses que le ignoran o no ven.
Su luz en leche se deshace en las aletas
solares lágrimas que prueba como un dulce,
y sus pupilas acostumbran a la luz.
Allá en lo lejos otra luz llama su nombre.
Un eco, un eco, una memoria, un sueño,
una visión de otra olvidada al fondo,
un paisaje perdido que se pierde,
un rostro que se va difuminando,
algo que nunca es algo, que es anhelo.
Provienen de esa luminosidad
los peces como rocas de satélite.
La luz le llama por su nombre y eco
y palpita la llama de su hueco.
La luz redonda como el seno de una madre,
serena, aguarda al nadador intruso
quien observa su rostro como lo más armónico
que miraron sus ojos; quien observa su cuello
y el deseo de labios que se muerden
ante la emperatriz de cetro celestial.
En ella quiere introducirse todo
y morir y acabar como los peces.
La luna que no sangra le recibe
de columnas derruidas y cadencia,
guía del movimiento, haciendo suya
la corpórea llama que abrasaba
de golpe en golpe y ritmo
como un toro o un caballo en la piedra
y el canto primitivo de la fuente
gota a gota mugiendo.
Estalla culminante partiendo en dos la luna,
se desvanece hacia la nada que se abre
entre las dos mitades. Es todo luz:
un cuarto blanco solo e infinito.
Ya sé quién soy, y ya lo olvido.
Alguien dice mi austero nombre.
Mis ojos cerrados no se abren.
El frío agrieta mi cuerpo.
Los peces ya se apagan.
El aire me duele.
No sé quién soy.
He nacido.
Por qué.
José Luis Fernández
José Luis Fernández (Sevilla, 1998) finaliza sus estudios en el Grado de Filología Hispánica en la Universidad de Sevilla. Lector de Borges y los clásicos contemporáneos japoneses, persigue la estética en la métrica y el asombro, «escogiendo palabras llanas / para expresar pensamientos simples».